11 Septiembre 2018

Inclusión laboral

Chema Doménech, de espaldas, trabajando frente a su ordenador. Al lado una compañera

Por Chema Doménech, redactor jefe de la revista Perfiles.

El cometido más relevante del periodista y, al mismo tiempo, quizás el que mayor dificultad entraña, es el de ceñirse exclusivamente a la verdad a la hora de relatar cualquier hecho. Este enunciado, que puede parecer una obviedad, no lo es cuando se compara el tratamiento que un mismo acontecimiento recibe en medios de comunicación de diferente línea editorial. Cualquier profesional de la información habrá experimentado la sensación de perplejidad que produce, por ejemplo, cubrir una rueda de prensa de un personaje relevante y después leer la crónica de algún colega con una interpretación radicalmente distinta a la propia. “Esto no es lo que dijo”, me he repetido a mí mismo en ocasiones leyendo en un diario un entrecomillado que el protagonista presuntamente pronunció delante de varios periodistas, entre los que me encontraba. Conozco a políticos, actores o músicos reacios a conceder entrevistas después de haber tenido experiencias negativas por culpa de la interpretación errónea que el informador de turno ha realizado de sus palabras, de manera intencionada o no. Y hay ya personajes públicos que prefieren informar personalmente al público a través de sus propias redes sociales antes que convocar a la prensa, obviando el papel de intermediaria del que tradicionalmente ésta ha gozado.

John Steinbeck, escritor estadounidense y Premio Nobel de Literatura, se refirió en ocasiones a los peligros de interpretar erróneamente la verdad. El autor de ‘Las uvas de la ira’, ‘Al este del Edén’ o ‘De ratones y hombres’ supo reflejar en textos magníficos la realidad de su país en un periodo concreto de su historia. Y, sin embargo, dudaba sobre si los hechos narrados se ceñían a la auténtica verdad. “Creo que hay demasiadas realidades”, escribe en ‘Viajes con Charley’, un relato delicioso de su largo periplo por el interior de EEUU acompañado por su perro. “Lo que yo escribo aquí es verdad hasta que pase por esa ruta otro y reordene el mundo a su manera”, concluye.

La verdad es, pues, un bien tan frágil que cualquier carencia o añadido, con mala intención o sin ella, puede dañarla gravemente alterando la realidad. Por ello, preservarla por encima de todo debe ser la obsesión del periodista. Más aún de los profesionales que nos dedicamos al periodismo social, apoyado en historias de cariz humano. En estos casos hay errores capaces de herir sentimientos o de provocar injusticias, y eso es algo que no nos podemos permitir.

Hace años, al poco de salir de la facultad, tuve que escribir la historia de un trabajador que, a consecuencia de un accidente laboral, había adquirido una discapacidad que le impedía volver a trabajar. El hombre, cabeza de familia, consideraba que su caso estaba siendo injustamente tratado por la empresa y por la mutua de accidentes, y relataba las dificultades económicas y personales que atravesaba a consecuencia de lo ocurrido. Lo entrevisté en su casa, delante de su familia. Recuerdo las miradas de los niños clavadas en mí mientras el padre explicaba los detalles más tristes de su historia. Supongo que para aquellos críos el periodista era, en aquel momento, un clavo ardiendo al que aferrarse, un aliado en la tarea de derribar la injusticia que había hecho tambalearse los pilares de la familia. Empaticé con ellos pero después hablé con representantes de la empresa. Comprobé que la ley daba la razón a esta última, y expuse los hechos de la forma más objetiva que supe. Mientras escribía el reportaje sentía sobre mí la mirada expectante de esos pequeños, consciente de que no les gustaría que introdujera en su historia las posiciones de quienes estaban enfrentados a su padre. Pero la verdad se nutre de fuentes diversas y el periodista necesita beber de todas ellas, incluso de las que tienen un sabor poco agradable. Las quejas de aquel trabajador eran razonables y terminó llegando a un acuerdo justo y favorable para él, lo que resultó también un alivio personal. Sentí así que no había defraudado su confianza y, a la vez, tampoco había faltado a ninguna verdad. Ni a la suya ni a la de las circunstancias.

Si tuviera una fotografía de aquellos niños mirándome la tarde que entrevisté a su padre, la colocaría en la pared sobre la pantalla de mi ordenador, aunque, en realidad, no la necesito. Sé reconocerla porque en estos años la he visto muchas veces en diferentes personas, y siempre significa lo mismo. Es el recordatorio permanente del compromiso con la verdad que los periodistas adquirimos al informar sobre otros, del riesgo de equivocarnos que asumimos al presentar una realidad que afecta a terceros. Es una mirada que apela directamente a nuestra responsabilidad.

El periodismo, y especialmente el periodismo social, tiene un material de trabajo altamente sensible: las personas. Siempre están en la base de cualquier historia. Y a ellas nos debemos quienes nos dedicamos a este oficio. Tanto como a la búsqueda incesante de la verdad.

 

 

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